Experiencia de una maestra Waldorf

Cuando llegué a la Escuela Waldorf pensé que lo hacía buscando un trabajo. Era una ilusa. En aquellos días no entendía muy bien cómo mis pies me habían llevado hasta allí y fue mucho más tarde cuando ya comencé a entender que no era lo que buscaba, sino lo que necesitaba.

Allí encontré una gran cantidad de gente apasionada, personas con verdadera vocación por lo que hacían, que ponían en primer lugar la escuela y en segundo sus propios intereses. Recuerdo muchas de las primeras palabras que en aquel comedor Mari Carmen me dedicó, dejando entrever que lo que estaba haciendo no era decidir un empleo si no una forma de vida.

Yo no busqué conscientemente la escuela, pero ella me estaba esperando. Desde aquel día supe que había encontrado lo que quería, y decidí embarcarme en el proyecto con todas mis fuerzas e ilusión. Estudié y aprendí mucho, muchísimo, junto a Ana, y cada día me iba mostrando el camino para poder ser un poquito mejor y para darme cuenta de lo poco que sé aún a día a de hoy y de lo mucho que me queda por descubrir del mundo de la infancia y el acompañamiento desde el respeto en la educación.

La Escuela Waldorf de Alicante, ha sido siempre y será parte de mi hogar, donde he dejado familia y donde siempre da gusto volver a reencontrarse y a ayudar siempre que haga falta.

A 28 de Noviembre del 2017

Por Ana María Martín. Maestra Waldorf en la Escuela (2004/2013)

Repensar y recrear la familia

En Pedagogía Waldorf aprendemos a conocer al niño, a todo ser humano, a través de los diversos planos de su ser. Así conocemos que tiene un cuerpo físico y que durante el primer septenio este cuerpecito es conformado desde las fuerzas individuales interiores de cada niño y también desde las impresiones que recibe del exterior. Sabemos que a partir de los 7 años más o menos hasta la pubertad es el cuerpo vital o etérico, con la memoria, el ritmo, el arte… lo que le crea la base para su futuro; también que de los 14 hasta los 21 el cuerpo anímico o astral, el cuerpo de emociones, el pensamiento es cada vez más individualizado para que al llegar a los 21 el Yo pueda ser dueño de sí y comenzar su camino de desarrollo y autoeducación. Cuatro “cuerpos”, cuatro “planos” de su ser: físico, vital o etérico, anímico o astral y el Yo.

El ser humano como organismo físico es así cuatripartito.

¿Habéis pensado alguna vez que todo organismo social formado por seres humanos pudiera tener la misma constitución que sus componentes?

Por ejemplo la Familia.

Pongámoslo con mayúscula por la importancia que tiene este organismo social al ser la cuna de todo ser humano. Cualquiera que sea la “forma” que tome el organismo social de la Familia hemos descubierto que podemos distinguir también en él los cuatro planos de su ser.

  1. Un cuerpo físico: las instalaciones físicas de la casa, los muebles, el espacio exterior, el medio circundante…
  2. Una esencia vital, etérica que se manifiesta en las diversas actividades y procesos y en la conformación de la comunidad de vida. Este obrar de fuerzas se manifiesta en el temperamento dominante distinto de los temperamentos de sus miembros.
  3. Un elemento anímico o astral en el que vive todo sentimiento, voluntad y pensamiento. Estas cualidades las aportan los miembros de la Familia. Es el “clima” familiar.
  4. El Yo. Lo realmente espiritual de una casa, los ideales, esa vida superior que nos guía en la voluntad terrena, algo muy propio de cada Familia que le da su matiz individual, su personalidad como grupo distinto a todos los demás.

Resulta muy interesante observar a nuestra Familia como un organismo vivo. Verdaderamente la vida del Hogar sólo puede ser realmente abarcada en todo su ser si logramos unirnos de un modo consciente con estos cuerpos constitutivos.

Para poder crear un ambiente en el cual la persona pueda ser persona según su ser individual, los adultos debemos saber cuáles son los elementos que deben confluir en el Hogar. Aquí no existe lo correcto o lo erróneo. El camino es individual, ahí reside la revolución, no nos sirven patrones de fuera. Los adultos de cada Familia deben encontrar qué es lo apropiado para SU Familia.

Si reflexionamos sobre la casa, los procesos en ella, la relación entre sus miembros, sus ideales… comenzaremos a caminar un camino individual Familiar, un camino de conciencia Familiar.

¡Os invitamos a ello!

Por Mari Carmen García Baños

Jugar bien es crecer bien, crecer bien es vivir mejor

Pasados los tiempos de Navidad, creemos que es necesario hablar sobre una vivencia interior, algo que percibimos cada año, en base al bombardeo publicitario que encabeza principalmente el sector del juguete. Por eso, tras el atracón de emociones y sorpresas, por parte de mayores y pequeños, queremos hacer la siguiente reflexión tras la visita de los Reyes Magos: ¿qué vivencia un niño con un juguete determinado?, ¿qué sentidos estimula y cómo? ¿Da suficiente vuelo a la fantasía?

Cuando un niño juega ante nosotros estamos presenciando los procesos internos que vive en su camino para ubicarse en el mundo, lo que debería hacer que nuestra mirada se llenara de respeto al vislumbrar en el niño al hombre del futuro que vive y actúa en él. Así de importante es el juego y así de importante son los medios que le ofrecemos para facilitarle su conexión consigo mismo y con el mundo que le rodea.

El niño se desarrolla primero como ser que experimenta y luego, como ser que comprende, para después actuar de manera planificada y consciente. Por lo tanto, respetando esta evolución, durante el primer septenio dónde el niño es todo voluntad, el tipo de juegos y de juguetes que se le ofrezcan deben permitir al niño estar libremente en el constante hacer significativo y no dirigirlo hacia ningún tipo de razonamiento intelectual. En esta etapa, el adulto juega un papel fundamental ya que es para los niños la figura más importante. Por él sienten una gran admiración. De su mano experimentan la vida en el hogar, en la calle, en las tiendas, en el trato con otras personas, etc. Todas estas experiencias impulsan a los niños hacia esta actividad que nosotros llamamos jugar a través de las fuerzas de imitación, que son su principal recurso para el aprendizaje. Por eso, aportar elementos que les permitan recrear estas situaciones será muy conveniente, teniendo presente que el adulto siempre debe estar presente acompañando los procesos (juegos) de los niños pero no es su función intervenir como un igual, sino siempre desde su posición de adulto. Con nuestra actitud y comportamiento les trazamos un camino a seguir.

Canalizar y permitir que se desarrolle una voluntad adecuada en el niño deviene, de adulto, en la capacidad de estar dispuesto y activo para el trabajo e integrarse en la vida social adecuadamente.

En Pedagogía Waldorf sabemos que el niño pequeño es un organismo sensorio todo él y que por tanto acoge todo lo que le llega del mundo exterior a través de sus sentidos sin que la conciencia, todavía en ciernes, pueda actuar de filtro por lo que todo lo percibido se instala en lo más profundo de su ser quedando fijado a modo de vivencia-concepto para toda su vida. Si los elementos con los que juega están hechos de materiales naturales o son recursos de la naturaleza sin elaborar (piedras, telas, cortezas, secciones de troncos, etc), el registro de la información contenida en esos “juguetes” será mucho más variada, rica en matices y verdadera que si está en contacto con plástico, proveniente de materia muerta y uniforme en cuanto a experiencias.

Hay una máxima fundamental en cuanto a la cantidad de juguetes: ¡menos es más! Un espacio poco saturado es más susceptible de llenarse de la creatividad de un niño y el bloque de madera que ahora es un barco, a los cinco minutos puede transformarse mágicamente en una plancha o en un pastel de cumpleaños. En cambio, si se rodea de multitud de objetos definidos y acabados en cuanto a las formas, pronto terminará de hacer con ellos lo que el objeto se presta a hacer, prefacio de la temida frase:¡me aburro! Además, el desorden generado por la cantidad dará lugar, más temprano que tarde, a un movimiento caótico donde el niño se pierde en el juego que, en muchos de los casos, invita a una falta de respeto y cuidado por los juguetes.

Si hay un juguete estrella, para niños y niñas, ese es La muñeca de trapo, ya que es la imagen del hombre y conduce al niño en su relación con lo humano; cuando la muñeca no está totalmente acabada el niño puede aplicarle con su imaginación las situaciones anímicas que necesite plasmar fuera o que requiera el momento: puede llorar o reír, dormir o estar despierta; estas fuerzas se deben desarrollar constantemente o de lo contrario se atrofian. Una muñeca acabada a las niñas les gusta mucho, no cabe duda,(sobre todo a partir de los 6 años), pero ofrecen poco alimento anímico y ningún beneficio para los sentidos; la propia rigidez como están hechas ya es un agravio para el niño que es pura plasticidad. Si la muñeca emite sonidos, o se hace pipí de forma tan real, la niña no tiene ya mucho que hacer. En cambio, si la muñeca está hecha a mano se convierte en un juguete irremplazable tan individual como el propio niño y como el vínculo que se genera entre ambos.

Si el niño tiene la posibilidad de dar rienda suelta a su imaginación, si tiene a su alcance los medios para llevar a cabo esas vivencias imaginarias internas y darle forma en el juego sin condicionamientos por parte del adulto, sin imágenes externas determinadas, su formación orgánica será flexible y no rígida, la respiración será fluida y por lo tanto será una fuente de salud para el futuro, el cerebro recibe más oxígeno y se desarrollará adecuadamente. Jugar bien es crecer bien. Crecer bien es vivir mejor.