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Pasados los tiempos de Navidad, creemos que es necesario hablar sobre una vivencia interior, algo que percibimos cada año, en base al bombardeo publicitario que encabeza principalmente el sector del juguete. Por eso, tras el atracón de emociones y sorpresas, por parte de mayores y pequeños, queremos hacer la siguiente reflexión tras la visita de los Reyes Magos: ¿qué vivencia un niño con un juguete determinado?, ¿qué sentidos estimula y cómo? ¿Da suficiente vuelo a la fantasía?

Cuando un niño juega ante nosotros estamos presenciando los procesos internos que vive en su camino para ubicarse en el mundo, lo que debería hacer que nuestra mirada se llenara de respeto al vislumbrar en el niño al hombre del futuro que vive y actúa en él. Así de importante es el juego y así de importante son los medios que le ofrecemos para facilitarle su conexión consigo mismo y con el mundo que le rodea.

El niño se desarrolla primero como ser que experimenta y luego, como ser que comprende, para después actuar de manera planificada y consciente. Por lo tanto, respetando esta evolución, durante el primer septenio dónde el niño es todo voluntad, el tipo de juegos y de juguetes que se le ofrezcan deben permitir al niño estar libremente en el constante hacer significativo y no dirigirlo hacia ningún tipo de razonamiento intelectual. En esta etapa, el adulto juega un papel fundamental ya que es para los niños la figura más importante. Por él sienten una gran admiración. De su mano experimentan la vida en el hogar, en la calle, en las tiendas, en el trato con otras personas, etc. Todas estas experiencias impulsan a los niños hacia esta actividad que nosotros llamamos jugar a través de las fuerzas de imitación, que son su principal recurso para el aprendizaje. Por eso, aportar elementos que les permitan recrear estas situaciones será muy conveniente, teniendo presente que el adulto siempre debe estar presente acompañando los procesos (juegos) de los niños pero no es su función intervenir como un igual, sino siempre desde su posición de adulto. Con nuestra actitud y comportamiento les trazamos un camino a seguir.

Canalizar y permitir que se desarrolle una voluntad adecuada en el niño deviene, de adulto, en la capacidad de estar dispuesto y activo para el trabajo e integrarse en la vida social adecuadamente.

En Pedagogía Waldorf sabemos que el niño pequeño es un organismo sensorio todo él y que por tanto acoge todo lo que le llega del mundo exterior a través de sus sentidos sin que la conciencia, todavía en ciernes, pueda actuar de filtro por lo que todo lo percibido se instala en lo más profundo de su ser quedando fijado a modo de vivencia-concepto para toda su vida. Si los elementos con los que juega están hechos de materiales naturales o son recursos de la naturaleza sin elaborar (piedras, telas, cortezas, secciones de troncos, etc), el registro de la información contenida en esos “juguetes” será mucho más variada, rica en matices y verdadera que si está en contacto con plástico, proveniente de materia muerta y uniforme en cuanto a experiencias.

Hay una máxima fundamental en cuanto a la cantidad de juguetes: ¡menos es más! Un espacio poco saturado es más susceptible de llenarse de la creatividad de un niño y el bloque de madera que ahora es un barco, a los cinco minutos puede transformarse mágicamente en una plancha o en un pastel de cumpleaños. En cambio, si se rodea de multitud de objetos definidos y acabados en cuanto a las formas, pronto terminará de hacer con ellos lo que el objeto se presta a hacer, prefacio de la temida frase:¡me aburro! Además, el desorden generado por la cantidad dará lugar, más temprano que tarde, a un movimiento caótico donde el niño se pierde en el juego que, en muchos de los casos, invita a una falta de respeto y cuidado por los juguetes.

Si hay un juguete estrella, para niños y niñas, ese es La muñeca de trapo, ya que es la imagen del hombre y conduce al niño en su relación con lo humano; cuando la muñeca no está totalmente acabada el niño puede aplicarle con su imaginación las situaciones anímicas que necesite plasmar fuera o que requiera el momento: puede llorar o reír, dormir o estar despierta; estas fuerzas se deben desarrollar constantemente o de lo contrario se atrofian. Una muñeca acabada a las niñas les gusta mucho, no cabe duda,(sobre todo a partir de los 6 años), pero ofrecen poco alimento anímico y ningún beneficio para los sentidos; la propia rigidez como están hechas ya es un agravio para el niño que es pura plasticidad. Si la muñeca emite sonidos, o se hace pipí de forma tan real, la niña no tiene ya mucho que hacer. En cambio, si la muñeca está hecha a mano se convierte en un juguete irremplazable tan individual como el propio niño y como el vínculo que se genera entre ambos.

Si el niño tiene la posibilidad de dar rienda suelta a su imaginación, si tiene a su alcance los medios para llevar a cabo esas vivencias imaginarias internas y darle forma en el juego sin condicionamientos por parte del adulto, sin imágenes externas determinadas, su formación orgánica será flexible y no rígida, la respiración será fluida y por lo tanto será una fuente de salud para el futuro, el cerebro recibe más oxígeno y se desarrollará adecuadamente. Jugar bien es crecer bien. Crecer bien es vivir mejor.