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Por Ana Gómez. Madre de la escuela.

La llegada del fresco mañanero se agradece tras un verano tan intenso; hace un mes que la escuela abrió sus puertas por las que niños, niñas y familias ansiosas cruzamos con nuestra mochila llena. Llena de expectativas, llena de temores, de iIusiones, de dudas, de ganas, de cansancio, de estrés, etc., cada uno con lo suyo. Igual que nuestros hijos cuando empiezan a caminar, nos inquietan los baches, dejamos de andar cuando el camino no es llano y sencillo. En ese momento nos detenemos, observamos, calculamos el riesgo y a veces decidimos que es demasiado para nosotros, reculando hasta un lugar seguro. Como logran los niños y niñas superar sus miedos y lanzarse a explorar el mundo? Dos son las razones que hacen que el miedo sea motor y no freno.

Una razón es el horizonte que deseo alcanzar. Otra la confianza que tengo en lograrlo.

El horizonte de nuestra escuela es una situación mejor en todos los sentidos, es crear entre todos un lugar que hace falta en el mundo, una aportación a mejorar el panorama educativo, una escuela que permanezca generación tras generación acompañando personitas en su desarrollo personal, integral, como seres capaces de ser libres y amar. Sin duda un horizonte hermoso.

La confianza es más complicada de conquistar porque no depende solo de mi, depende también de dónde la busque. Puedo confiar en mi pero desconfiar de los otros que forman parte de esta comunidad, no saldrá bien. Puedo confiar en que los otros trabajarán duro pero desconfiar de mi capacidad para aportar algo. Tampoco saldrá bien.

La confianza en un proyecto comunitario es como la danza de un cuerpo de ballet, todos tienen su papel, todos tienen que sentir la música, cada uno desde quien es, pero aportando al conjunto lo mejor que pueda dar. Ese es el reto, mirar al horizonte, enamorarse del camino, confiar en uno mismo, apoyarse en los demás, saber que tenemos en las manos un tesoro y la oportunidad de hacer algo grande para nuestros hijos y los de muchas familias que están por llegar. Dejaremos que el miedo sea freno o motor para seguir avanzando?

Toda la naturaleza es un anhelo de servir.

Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco. Donde hay un árbol que plantar, plántalo tú; donde hay un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde hay un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.

Sé el que aparta la piedra del camino, el odio de los corazones y las dificultades del problema.

Hay una alegría de ser sano y la de ser justo; pero hay la hermosa, la inmensa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho, si no hubiera en él un rosal que plantar; una empresa que emprender.

No caigas en el error de creer que solo se hacen méritos con los grandes trabajos; hay pequeños servicios: regar un jardín, ordenar unos libros, peinar a una niña. El servir no es solo tarea de seres inferiores.

Dios, que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamársele así: El que sirve. Y tiene sus ojos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién? ¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?

Gabriela Mistral